sábado, 17 de noviembre de 2007

La velada del Diente de León


Ahí está ella de pie ante el público. Su mirada intenta evadir las miradas curiosas que intentan ver más allá de sus ropas.
Nunca le fue fácil tocar públicamente. Se sentía indigna de la atención de las demás personas, de desconocidos que esperan, escuchan y aplauden. Pero ahí estaba, mirando al vacío, mirando las siluetas cubrirse por sombras que su mirada ponía entre ellas. Tomo asiento frente a su instrumento, colocó la partitura en él y sus manos también. Respiró profundamente y dejó que sus dedos danzaran bajo el brillo de las miradas ajenas. Así se olvidó de la gente. Ahora sólo existen ella y el instrumento; aunque no son dos cosas sino una, ambos se diluyen lentamente hasta ser sólo música.

Pero la música comenzó a ser rodeada por sombras y destellos, fantasmas que aguardaban el más leve titubeo ansiando una gran caída. La música se sentía desaparecer, convertirse en mujer e instrumento de nuevo. Y en esa lucha de tenciones se encontraba esa mágica conciencia hasta que dos fantasmas cobraron rostros. Murió la música y sólo quedó una mujer, en una sala, frente a un instrumento. Sentados entre los ajenos se encontraban el esposo y el amante. Ni una sola silla los separaba, juntos la miraban. Ambos teniendo por objeto de visón aquél mismo que del corazón tenían.

Palideció. Todo parecía haberse detenido pero, de entre el público, sólo aquellos que menos atentos a la música se encontraban pudieron notar algo; sólo aquel leve palidecer en el rostro de la intérprete.

Siguió tocando. Volvieron las sombras, los destellos y fantasmas, pero los rostros de aquellos dos permanecieron distintos y atentos, impidiendo que regresara la música, sólo la interprete, el instrumento y la danza mecánica de los dedos que obedecía a los signos en la partitura.

Terminó el concierto, terminó la farsa y la danza. Los ajenos aplaudieron… los distintos hicieron lo mismo mientras intercambiaban opiniones, susurros y palmadas en la espalda. La música muere y las cenizas forman una intérprete, la intérprete se separa del instrumento y queda una mujer caminando entre sombras hacia sus hombres, esquivando saludos, halagos y aplausos; con la mirada perdida, con el corazón escurriendo. Sus pasos se vuelven lentos y pesados mientras más se acerca a sus amantes. Pareciera que las metamorfosis que ha sufrido hubieran dejado su cuerpo exhausto. No se imagina que aun le faltan varias mutaciones. Pondrá sus labios en los de su esposo, los pondrá luego en la mejilla del amante sin contrato. Y así, con el corazón chorreando y el cuerpo desfalleciendo no será mas una mujer: pequeño fantasma perdido entre sombras, pequeña daga ligera colgando del péndulo de un viejo reloj. Únicamente un diente de león bailando entre brisas encontradas, sin decidirse por cuál de ellas dejarse deshojar.

No pudo más. Dejó a los vientos rozarse en su ausencia, pidiendo tiempo para retocar su rostro. Caminó de nuevo entre sombras, palmadas, miradas, llamadas que no hallaban respuesta. Cruzó la puerta y caminó hacia el espejo. Miraba su rostro mientras juntaba suficiente agua en sus manos, suficiente como para limpiar perfectamente el espejo, como para que su rostro se borrara de él. Enjuagó su mirada para confundir las lágrimas con el agua, pero no pudo hacer desaparecer del espejo su rostro, aunque sí de su corazón la duda.

Salió del baño. Volvió a evadir al público que seguía rondando por los pasillos del edificio. Llegó con aquellos que la esperaban en una plática incómoda; y en ese mismo momento ignoró el contrato y la ausencia del mismo. Ahora no distinguió entre el amante legal y el bandido.
Montó en cólera el portador del contrato mientras que el otro hombre palidecía sin poder explicarse lo sucedido. Pronto las palabras brotaron de los labios aún húmedos de los amantes; insultos, mentiras, miradas fulgurantes. Rápidamente el espectáculo de los amantes se vio rodeado de sombras y miradas curiosas.

Mientras tanto, ella caminó de nuevo entre sombras. Subió las escaleras hasta el último piso dispuesta a enfrentar su última mutación. Una fuerte brisa era ahora su público, los destellos que antes fueran las miradas entre sombras, ahora sólo eran las luces veloces que recorrían el asfalto.
Había hecho del vacío su instrumento.

-Charles Macdowell-