lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Canto al mundo?

No le cantaré más al mundo
ni a mi alma le entregaré una mirada profunda.
¿Por qué no podemos confundirnos con la hierba de los bosques?
Ser luz bajo luz, sombras entre sombras.
¿Qué pecado nos ha traído la condena del despertar cada día con conciencia?

Siempre somos luz sobre sombras y,
cuando sombras somos, nos hayamos más a gusto por ser lo desagradable,
lo que hiede.
Si hojas somos, hay un árbol que no…
Si el bosque entero somos, mares y desiertos nos rodean.
Somos pues presas de la condena al deseo incolmado,
incolmable.

Sí…
Hay infierno…
Pero se nos debe permitir salir de él de vez en cuando
para que el sufrimiento sea real.
Mundo, infierno, cielo, condena… todo es lo mismo.
No se necesitan niños en el infierno,
no por su presencia arden más fuerte las llamas.

Mientras tanto, aquí en el mundo la gente ríe y la gente llora,
y esto me revuelve las entrañas, me repugna.
Una mirada amistosa de un desconocido es igual de desagradable que una seña obscena.

De ser sinceros, gritaríamos con cada amanecer:
¡Que se acabe el mundo! ¡Que se mueran todos!

Y me reconozco en la mirada amistosa,
Y mi reflejo veo en el dedo levantado,
soy risa y soy llanto,
soy yo mismo ese hediondo y repugnante mundo.

Esto es lo que dice el discípulo de aquel hombre divino y aquel otro asombroso,
sentado entre las tumbas de aquellos pocos que han sabido llenar dignamente las páginas blancas,
que han sabido imprimir el mundo en el corazón de los hombres.

Eso ha dicho y esto hay que hacer:
El suicidio tendrá que venir por el acero,
mas no por el desangramiento.
El suicidio real exige que el hombre cercene sus genitales,
así habremos muerto para el mundo,
así podremos dejar de dedicarle cantos, suspiros y llantos.