sábado, 8 de septiembre de 2007

Noche de palmas


De niño siempre creyó que adelantarse al castigo era lo mejor. Después de hacer algo malo, trataba de prolongar el tiempo que su madre tardara en enterarse, pero siempre atento a que fuera él quien diera la noticia del pecado. Esta vez había prendido fuego a uno de sus juguetes. Bajó corriendo las escaleras esperando encontrar a su madre en alguna labor doméstica. Horas antes había estado meditando sobre lo que había hecho, torturándose a sí mismo con la idea del mal que había hecho y con la idea del castigo que se le impondría. Pero sabía que en cuanto su madre se acercara a su cuarto, notaría el olor a quemado y vería las marcas de fuego en el piso; el castigo era inevitable. Le sorprendió encontrar las luces de la casa apagadas, entró a la cocina lentamente y ahí vio a su madre, o más bien sólo vio lo que el fuego en la estufa alcanzaba a iluminar de ella. Se acercó y se colocó a su derecha. Su madre no le dijo nada y él tampoco a ella. Miró atentamente lo que su madre hacía. Estaba quemando palmas secas en la estufa, sin hacer otra cosa más que eso y derramar una que otra lágrima. No supo por qué su madre hacía eso, pero se sintió tranquilo junto a su madre viendo el fuego arder y las cenizas caer entre las ranuras de la hornilla. Su madre tomó una palma más pequeña y se la dio. Toma, quémala y reza conmigo. Él la tomó e hizo como se le dijo. Primero pensó en el motivo por el cual tenía que rezar, pero sabía que podía dirigir su rezo hacia las intenciones de su madre y, así, no tendría que preguntar por ellas. Recitó oraciones en su mente hasta que al ver las palmas en llamas recordó aquellas que habían consumido el juguete en el piso de su cuarto. Se sintió triste y cambió la intención de sus plegarias. Ahora pedía perdón a Dios y a su madre por sus malas acciones. Seguro el olor de las palmas quemadas se elevaría hasta el cielo y haría que Dios se diera cuenta de las plegarias de sus hijos, más aun cuando eran palmas benditas. Su madre tenía la costumbre de guardar las palmas que adquiría el domingo de ramos. Las colgaba en la puerta de la cocina y ahí las dejaba hasta que perdieran su color verde y se secaran por completo. Las palmas seguían ardiendo, su madre seguía llorando y él seguía pidiendo perdón por sus acciones. Imaginaba que su madre sufría por las malas acciones de él, así podía sentir el dolor más intenso y, mientras más dolor sentía, más rápido conseguiría el perdón. Cuando ya no pudo soportar el llanto de su madre y el olor de las palmas, dijo en voz baja: quemé el último juguete que me regaló mi papá. Su madre pareció no escucharlo, pero el niño sabía que lo había hecho. Pídele a Dios que tu padre regrese con bien a casa. Los dos guardaron silencio, siguieron rezando y quemando palmas. Prefirió no insistir en el asunto del juguete quemado, se dio por bien servido con haber confesado, haber sufrido por sus actos y haber pedido perdón a Dios. Después de eso sólo siguió quemando palmas, pero ya sin rezar. Pronto llegaron sus hermanos y hermanas y pidieron permiso para rezar con ellos. Su madre les dio una palma a los más grandes y dejó que los más pequeños miraran de cerca. Ahora todos rezaban, toda la familia sentía el aroma parecido al que se sentía al pasar frente a la iglesia las mañanas de los miércoles de ceniza. Por fin su palma se consumió y él se sintió aburrido. Se escabulló entre sus hermanos y los dejó a todos rezando. Regresó a su cuarto y jugó con lo que quedaba de su quemado juguete.
Poco después escuchó abrirse la puerta de la casa, supo que su padre había llegado y quiso bajar corriendo a saludarlo, escuchó las risas de sus hermanos que saludaban a su padre y también escuchó cómo la puerta se azotaba fuertemente. Por fin se decidió a bajar y vio a sus hermanos rodeando y abrazando a su padre. Pero éste no hacía nada más que acomodarse la corbata que llevaba al hombro, al mismo tiempo que intentaba no perder el equilibrio. Con trabajos llegó al sillón de la sala, y cuando sintió que no tenía ningún niño detrás de él, se dejó caer. El niño se quedó mirando todo esto al pie de la escalera y pronto notó que su padre no se encontraba bien, tenía los ojos enrojecidos y una sonrisa se dibujaba torpemente en sus labios. Su padre lo miró y con una voz extraña le dijo: ¿Y tú por qué no me saludas? ¡Ven acá! Él obedeció y mirando al piso caminó hasta él. Él padre abrazó al niño y lo besó. Pero el niño no pudo reconocer a su padre, olía al refresco que se bebía en la casa de sus abuelos cuando había alguna fiesta, y parecía no poder moverse bien ni hablar bien. El niño se alejó hasta quedar junto a la puerta de la cocina, estaba un poco asustado. De pronto recordó a su madre y le extrañó que no hubiera salido a recibir a su padre, cuando minutos antes había estado tan preocupada por él. Se asomó al interior de la cocina y vio las palmas que quedaban colgadas en la puerta, la estufa apagada y a su madre llorando aun más, pero ahora sentada en una silla con los codos recargados en la mesa. Se acercó a ella y quiso abrazarla. Pero como siempre, tuvo miedo de lo que pudiera pasar si lo hacía. Nunca en su vida se atrevió a abrazar a su madre cuando esta lloraba. Se consideraba a sí mismo como una de las penas de su madre, así que si alguna vez llegara a abrazarla mientras ella sufría, lo único que haría sería lastimarla más. Pero la amaba, y algo tenía que hacer. Corrió a dónde sus hermanos y tomo de la muñeca a su hermana mayor, la llevó a la cocina y sin decirle nada señaló a su madre y las dejó solas. Pronto salieron madre e hija de la cocina, la madre tomó en sus brazos a dos de los niños más pequeños, la hija tomó de la mano a los demás y juntas reunieron a los niños en sus cuartos. Él se quedó mirando a su padre que había tomado su guitarra y cantaba sin que pudiera hacer que sonara bien lo que tocaba y cantaba. La madre regresó con el padre y ordenó al niño que subiera a dormir. Él obedeció, pero no pudo dormir esa noche. El hombre que había llegado a su casa no era su padre. No podía serlo, su padre era un hombre recto y justo, no aquel que golpeaba la puerta del cuarto de su hermana a mitad de la noche mientras gritaba: ¡tu madre tiene un amante! ¿quieres saber cómo se llama? Abre y te diré cómo se llama.
No durmió esa noche, lloró un rato sin saber exactamente por qué. Pensó en las palmas, pensó en el humo y en Dios. Pensó en la iglesia y pensó en su padre rezando en ella. Pensó en su madre quemando palmas, pensó en su madre llorando, vio sus lágrimas como si cada una fuera una cuenta del rosario que rezaba mientras lloraba. Pudo ver claramente a su hermana llorando entre las cobijas de su cama mientras intentaba no escuchar lo que su padre gritaba. Su hermana sí que entendía por qué lloraba. Él no sabía lo que pasaba. Pero no podía hacer nada, él sólo era una más de las cosas que atormentaban a su madre. Era malo, malo como ahora su padre lo era.

6 comentarios:

Lidia dijo...

no podría decirte que es un lindo cuento, qué si te digo que está bien escrito, está excelentemente escrito. Pude seguir a ese pequeño niño, paso a paso y me hubiera gustado haber estado ahí para darle un abrazo.
¿POr qué los papás hacen eso? Decir que mamá tiene un amante....

Dr. Tschaicosby dijo...

Espeso y brutal...extraordinario, mi obtuso amigo

jf.yedraAaviña dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
jf.yedraAaviña dijo...

Lidita y Juandiégoles:
me alegra que les haya gustado… (sí,, qué les pasa??…)

Abrazos y besos para ambos!!

Princess Momo dijo...

caray... los niños... piensan que son el problema de los padres, cuando en realidad es al revés: los padres son el problema de sus hijos... saludos juanini

jf.yedraAaviña dijo...

sip.. canijos padres.. jaja...