lunes, 20 de agosto de 2007

Primer acercamiento al “Mundo Conceptual” o “Mundos Conceptuales. Primera parte”


Hobbes se acercaba mucho a la verdad cuando concebía al miedo como el motor de la vida humana. Podemos aceptar esto por completo si nos enfocamos en los miedos particulares que él usa, pero en realidad el miedo va más allá de estos. Tanto, que se pierde en la distancia sin que podamos reconocer su origen. En esta distancia se funde con dos conceptos más elementales: la felicidad y la desdicha. Que a su vez se nos presentan indistinguibles el uno del otro. Sufrir toda una noche no resulta en un despertar amargo. Más bien se percibe dulzura. Después de una noche de llanto los ojos despiertan más claros, se respira mejor, el cuerpo parece haber abandonado el peso de una armadura. Todo esto no asegura que la felicidad y la desdicha se releven a intervalos. Su relación mutua es más que sólo de entrada y salida. La una se funde con la otra y sin ésta la otra no es. Para que la felicidad sea, necesita de la desdicha, no sólo como un pasado o un futuro, sino como parte esencialmente suya que está presente a la par de ella. El olor del humo se percibe después del incendio y sin éste no reconocemos que aquel existió; pero en el caso de la felicidad y desdicha, cuándo parece que el olor a quemado ha desaparecido por completo es cuando una chispa inicia todo de nuevo.

Puede ser que el miedo más originario sea el miedo a la desdicha, pero el más fundamental en la vida es el miedo a la felicidad. Conocemos la desdicha, conocemos el sufrir, conocemos también la ausencia de ambos, pero ¿es esta ausencia felicidad y placer? Lo que llamamos miedo a la felicidad es simplemente el temor a esta ausencia, a esta nada. La felicidad se nos presenta comúnmente ligera, suave, traslúcida, vacía. La desdicha es fuerte, intensa, clara en sus matices oscuros, la reconocemos cuando viene y cuando se va. Esto es lo que hace que temamos a la felicidad, el no poder reconocerla, el no poder hacerla ‘nuestra’; es su levedad e informidad la que nos hace temerla e incluso concebirla a veces como una ilusión. Pero como ya decía esta “felicidad” no es más que la ausencia de desdicha. La verdadera felicidad no es el otro de la desdicha. Ésta se eleva más allá del juego entre desdicha y “ausencia” y toma de ambas su sentido. Con esto estoy diciendo que se puede ser feliz en medio de intensos tormentos y se puede no serlo en la más elevada ausencia de estos. Pero entonces ¿qué es la felicidad? ¿cómo se obtiene? ¿vale la pena obtenerla? La felicidad es la conciencia del ciclo desdicha-ausencia. Es esta elevación de la persona por encima del sentimiento inmediato, aunque si fuera sólo esto, estaría incompleta. La felicidad es completa cuando, en su forma de conciencia, se entrega por completo al ciclo. Se hunde libremente en él hasta quedar cubierta por completo. Es éste ciclo, éste movimiento independiente, el verdadero motor de la vida humana. Si bien el miedo juega un papel esencial en dicho ciclo, éste no puede por sí mismo ser el único motor. Aún si queremos concebirlo como un motor, el miedo es dejado atrás por la conciencia que se lanza desde su elevación hacia las profundidades del ciclo felicidad-ausencia.

Con esto no parece que hayamos respondido más que la primera de nuestras tres preguntas. En parte hemos respondido a la segunda, pero no por completo. La felicidad se alcanza con esta elevación-sumergimiento, pero si esto es así deberíamos ser capaces de distinguirla de la desdicha, y no sólo como “ausencia”. Pero es un hecho que la felicidad no es algo que sea claro en nuestra vida, por esto mismo la confundimos con la “ausencia”. Esto se explica a partir de la inestabilidad de la conciencia y su particular debilidad. ¿Cómo es que vivimos la experiencia de la elevación-sumergimiento? Pues la vivimos en tanto que éste se da, es decir, sólo la experimentamos en su misma realización. El problema es que su realización implica su dejar de ser. Al sumergirse pierde su elevación y con ella la vivacidad de la experiencia de la misma. Al quedar sumergidos en el ciclo, la felicidad se transforma en un recuerdo y con el tiempo puede desvanecerse por completo. La conciencia cede ante la desdicha y se aferra a ella como a aquello que le es fiel, aquello que ella puede hacer suyo. Ésta es la debilidad de la conciencia, el entregarse a lo real, a lo propio (suyo y nuestro), a lo distinguible y conocido. Ante esto parece resonar en nuestros oídos la tercer pregunta, ¿vale la pena buscar la felicidad? A esto sólo puede responder la propia conciencia, es decir, cada conciencia. Como todo lo que pasa por la conciencia, la felicidad termina perdiéndose. Pero éstas pérdidas no son inútiles, todas ellas dejan un rastro que, aunque no sea tan intenso como la experiencia misma, es indeleble. Este rastro es el “concepto”. Y ¿en qué cambia esto nuestra búsqueda de la felicidad? El obtener el concepto de felicidad no es la obtención de ésta. Pero si podemos llegar al concepto, tendremos presente que la felicidad está más allá del ciclo, aún cuando no podamos hacerla nuestra más que como un débil rastro conceptual. La debilidad de la conciencia y la intensidad del ciclo, se presentan como amenazas para nuestra confianza en el concepto “felicidad”. Con el tiempo, éste puede llegar a parecernos una ilusión; el recuerdo de una experiencia real se tronará en el recuerdo de un antiguo sueño. Pero mientras la confianza en el concepto perdure, tendremos el sabor de la felicidad en los labios, aún cuando ésta no esté en nuestra boca.
Ésta última afirmación no es del todo cierta. El tener presente el concepto es una forma de elevación, y en este sentido, si tenemos el concepto sólo nos queda arrojarnos al ciclo para ser felices. Así, la elevación-sumergimiento se presenta como una acción detrás de la cual se encuentra una conciencia libre, como una acción que deja un rastro en las acciones que le siguen.

La felicidad es lo mismo que la búsqueda de la felicidad. No es la ausencia de desdicha, es el vivir sumergidos en el ciclo sabiendo que la vida no se limita a los elementos de éste; es vivir sin entregarnos a la desdicha o a la ausencia, sino gozar de ambas en su unidad, tomando así al miedo como unificador y no como aquello que nos hace saltar de la desdicha a la ausencia y de ésta a aquella.