jueves, 6 de septiembre de 2007

El Gran Anfitrión


Por fin le llegó su ansiado paquete. La mano le tembló un poco al firmar de recibido en la pequeña libreta del cartero. Cerró la puerta y cruzó el jardín hasta entrar en la sala de su casa. Dejó el paquete en la mesa de centro y corrió a buscar una navaja para abrirlo. Revolvió varios cajones para al final no encontrar su vieja navaja. Desesperado llegó a la cocina y tomó un cuchillo. Cuando regresó a la sala notó que la mediana caja tenía un sistema abre-fácil. Se rió de sí mismo y fue a la cocina para colocar el cuchillo en su lugar, pero al abrir el cajón de los cubiertos miró el sacacorchos y pensó: ¡Esto hay que celebrarlo! Tomó el sacacorchos y bajó al pequeño sótano por una botella de vino. Buscó entre todas sus botellas sin decidirse cuál abrir. Todas ellas eran especiales para él, nunca había abierto una. Sólo una vez se atrevió a abrir una de las de menor calidad, y fue cuando, después de preparar una excelente cena para dos, a la luz de las velas le propuso matrimonio a Patricia. Siguió indeciso un rato, viendo y pasando su mano por las empolvadas botellas, de vez en cuando tomando una con ambas manos para leer su etiqueta y recordar el momento y lugar de su adquisición. José Antonio ROMAN CALVET, Malbec Cabernet. ‘No, muy joven. Apenas lo compre hace tres navidades. Hum… fue una triste navidad.’ La etiqueta de la botella pareció de pronto perder el amarillento color que le habían causado la humedad y el polvo; la verdad es que por mucho que supiera de vinos, él nunca había podido dedicarle mucho tiempo a la construcción de una cava digna de los que poseía. La botella relucía intensamente rodeada, dentro de su caja, por pequeñas y finas virutas. Él la miraba por detrás del vapor que producía al respirar, la colocó en el estante y subió las escaleras tras apagar la luz. Arriba lo esperaba una docena de personas que reían y bebían frente a una elegante mesa adornada con una gran variedad de platillos. El pavo, al centro de la mesa, parecía coronar con su brillo la exquisita velada. Al verlo volver, un joven de traje de seda gris que había perdido la corbata, dejó su copa encima del piano y se apresuró a darle un abrazo y pedirle a los que estaban a la mesa que hicieran un espacio para que el gran anfitrión pudiera sentarse. Pero éste pidió que lo disculparan, que en un momento volvía y que le hicieran el favor de empezar la cena sin él. Tomó su abrigo y salió al jardín, encendió un cigarro y se sentó en una de las bancas de metal. Cuando se disponía a encender el segundo cigarro, escuchó una voz detrás de él: ¿Qué se supone que hace “el gran anfitrión” aquí afuera? Patricia se sentó junto a él en la banca, se miraron, rieron y fumaron. ‘No, muy joven. Puede llegar a ser un gran vino.’ Siguió mirando y tomando en sus manos algunas botellas pero siempre sin decidirse a abrir alguna. Desilusionado apagó la luz del sótano y subió para abrir el paquete. Llegó a la sala, se sentó frente a la mesa y jaló hacia sí la caja con sellos postales. Jaló rápidamente el pequeño cordón que permitía romper rápidamente los seguros que sellaban la caja y daban cuenta de la inviolabilidad del contenido de ésta. La abrió y se quedó contemplando el contenido por un rato. Los ojos comenzaron a brillarle, cualquiera que lo hubiera visto diría que en ese momento era el hombre más feliz del mundo. Pero el brillo no era por la sorpresa o la felicidad, pronto resbaló de su ojo una lágrima. Metió la mano a la caja y de ella sacó una botella de vino, la observó atentamente, leyó la etiqueta, pasó sus dedos sobre ella para sentir la impresión de las letras. ‘Excelente vino, el más caro que haya comprado. Patricia lo hubiera odiado.’ Los dos cigarros se consumieron y el frío los obligó a abandonar la fría banca de metal y entrar en la casa. Él se dirigió a la mesa donde el joven de seda gris lo esperaba ansioso con una mancha guinda en la solapa del saco y su corbata recién encontrada colgando torpemente de su cuello. Ella, se dirigió al piano y besó en los labios al hombre que había dejado de tocar al verla entrar. Se besaron, se sentaron en el banco, tocaron, bebieron, rieron. Él, cenó, platicó, bebió, pero ya no rió, y al despedir a la puerta al último de sus invitados, el joven de gris, lloró. Seguía mirando su nueva adquisición y rozando las yemas de los dedos contra la etiqueta al mismo tiempo que dejaba escurrir las lágrimas desde sus mejillas hasta su cuello. Desprendió desesperadamente la etiqueta que sellaba el cuello de la botella con los dientes, tomó el sacacorchos y apuñaló aquello que mantenía al vino dentro. Sacó el corcho, lo arrojó debajo del piano con el sacacorchos aun incrustado en él, bebió por completo el contenido de la botella, encendió un cigarro y salió al jardín.

2 comentarios:

Beto Perdido dijo...

vaya cuento... yo por eso no bebo vino caro.

jf.yedraAaviña dijo...

Yo por eso aprovecho cuando alguien más invita el vino caro…