sábado, 9 de junio de 2007

Sin rostro

La noche no ha descubierto los aromas penetrantes. No ha corrido las cortinas que dejan entrever luces tenues de múltiples colores. Los aromas no han dejado el piso para volverse punzadas en las fosas nasales. No hay risas ni llantos. En mi cuerpo sólo quedan los rastros del delirio nocturno. La oscuridad no puede ocultar la distancia entre mis pensamientos y el objeto de los mismos. Y sin embargo éste conserva la fuerza de su presencia. Qué otra cosa podría clavar una daga sin antes empuñarla. Qué más que un sentimiento puro al que me niego a regalarle un rostro. Su omnipresencia me aterra sin por esto evitar que, al perderlo de vista, anhele su presencia.

Todo puede resolverse en una palabra, que ha sido lanzada a los brazos de la multitud iracunda para ser desmembrada, para ser usada cual moneda de cambio. Quienes llegan a ser partícipes de esta verdad pueden querer usar la palabra o rescatarla de su latente desgracia. Pero ¿cómo rescatarla sin usarla? Es imposible. Si no la usamos, queda abandonada a su eterna vulgarización por parte del resto de conciencias e inconciencias. Y si la usamos, entramos en el juego de las sucias conciencias desvirtuantes.

Sólo queda pues entregarse a la palabra sin darle un rostro. Olvidar su glorioso destino y mantenerla en el aislamiento. Esta es mi apuesta actual. Entregarme al amor sin por ello imponerle un nombre, un rostro. Amar al amor ya que éste no puede sino amarnos.

2 comentarios:

Beto Perdido dijo...

¡Wow, Yedra! Qué poético post.

Saludos

Lidia dijo...

ya te dije... escribes muy bonito. CReo que el otro día encontré algo que escribiste sobre Holofernes